De acuerdo a una encuesta reciente del diario Reforma más de la mitad de los mexicanos (54%) no saben de qué país se independizó México en 1821. La encuesta se hizo por teléfono, y quizás no sea muy representativa, porque hay menos de 2 líneas telefónicas por cada 10 habitantes. Así que muy probablemente sean más los que ignoran que México se independizó de España. Quizás alguien se está enterando con estas líneas, aunque esto si lo dudo muchísimo.
De cualquier manera, hay lugar para alarmarse. No porque haya gente que crea que el español lo aprendimos de algún inmigrante de Guinea Ecuatorial. El problema es seguramente las clases de historia que se dan en las primarias. Yo las recuerdo aburridísimas, llenas de nombres, fechas y personajes que en un afán de hacerlos accesibles, quedaron demasiado simplificados y muy poco interesantes.
Saliendo de la primaria, la imagen en mi cabeza de la historia de México era algo así: durante mucho tiempo vivieron en paz y prosperidad pueblos indígenas muy sofisticados tecnológicamente. Conocían secretos que sus contemporáneos europeos ignoraban, como el cero de los mayas, la precisión del calendario azteca, y la receta de las tortillas y el chocolate. Estos
pueblos vivían felices pero de cuando en cuando se hacían la guerra. Sus gobernantes eran poetas y sus guerreros se hacían llamar caballeros águilas, aún cuando no iban a caballo ni sabían que cosa era un caballo. La gente practicaba el juego de pelota y por alguna extraña razón, al final de los partidos sacrificaban a los ganadores, de ahí nuestros fracasos olímpicos y
futbolísticos modernos. Aquello era un paraíso donde se comían tacos y una versión antigua de frijoles charros, y la gente andaba en trajineras y canoas por la ciudad de México. Hasta que un día llegaron los españoles y se acabó la diversión.
Los españoles que llegaron traían barbas largas, malas costumbres como la corrupción o la de quemar villas completas, y enfermedades de todo tipo. Su líder, Cortés, era un villano que sedujo a una india traidora y le quemó los pies a un rey azteca. Poco tiempo después, empezó la época colonial. Llegaron más españoles, todos muy malos a excepción de un fraile en Yucatán
que quería a los indios, y explotaron a la gente y los recursos del país para beneficio de los reyes españoles. Hasta que un buen día (o más bien una buena noche), un sacerdote bonachón y calvo tocó la campana de su parroquia, y animó a los convocados a empezar la lucha de independencia.
Al rato ya éramos independientes. Luego tuvimos nuestro primer presidente, que a pesar de tener dos nombres de mujer, Guadalupe y Victoria, era hombre, según me aseguró mi maestra.
El período que sigue incluye un montón de conflictos pero con dos contrincantes fácilmente identificables. Por un lado los conservadores y por el otro los liberales. Cada lado se reunía en su logia, lo que a la fecha me produce la imagen de Pedro Picapiedra en sesión con los búfalos mojados. Luego venían invasiones americanas, francesas, guerras de los pasteles, y un emperador que vio su último día en el Cerro de las Campanas en 1867. Mi mamá me ayudó a memorizar esto como "los tres que se apellidan con "M" más campanas más 1867". También hubo un presidente loco, traidor y manco (también con nombre de mujer) que no conforme con vender medio país, cobraba impuestos hasta por tener ventanas. Hubo además un presidente indio muy liberal y por ende peleado con la iglesia y un dictador al que le asesoraban
intelectuales "afrancesados", lo que yo interpretaba como amanerados, con bigote largo y respingado e incapaces de pronunciar la "R". Luego venía la Revolución donde todos eran buenos aunque se asesinaran entre sí. El único malo de verdad era Victoriano Huerta. La clase siguiente debió ser sobre la expropiación petrolera pero no la recuerdo.
Si uno no vuelve a abrir un libro de historia, pues entonces la imagen de la historia de México que queda untada en la memoria es compacta, imprecisa, o de plano equivocada. Y cuando llama el encuestador del Reforma, no hay modo de contestarle.